395px

Edén

Elend

Eden

Horror atque terror
Quid faciebas, malefice
Die irae, dies ille
Sovet saeculum in favillam.
Lost in the garden,
with the blood on my hands,
Captive of the luminous trees,
Of wisdom and of life
the Holy Keepers,
My face unmasked, monstrous, bloodred,
Is shining through the emerald light.
Numquam diruetur templum
adamantinum
Nos, qui olim vicimus,
vincemus te iternum.
I eat the deadly flowers
of murderous lust,
And begin to chant my freedom.
Musical death, of Heaven the dirge.
The Universe I master,
I make mine the burning delights of life,
The joy of power unbounded,
Eternal Fury of celestial destruction...
Lucifer, damnatus es, pro ea,
quae faciebas.
Persequemur te,
iterum perdemus te,
Inferna dulcius perfugium
Quam vorago cruciatuum,
In quam te praecipitabimus.
Non est dominus noster,
nihil potest.
God is dead
God is dead
God is dead

As I tore the shreds
of this morbid dream,
I abandoned my heart,
And on the silent ocean of my soul,
The waters were so calm
one could hear the dying of light.

Edén

Horror y terror
¿Qué estabas haciendo, maléfico?
Día de ira, aquel día
El mundo se convierte en cenizas.
Perdido en el jardín,
con la sangre en mis manos,
Cautivo de los árboles luminosos,
De la sabiduría y de la vida
los Santos Guardianes,
Mi rostro desenmascarado, monstruoso, rojo sangre,
Brilla a través de la luz esmeralda.
Nunca se derrumbará el templo
adamantino
Nosotros, que una vez vencimos,
te venceremos eternamente.
Como devoro las flores mortales
del deseo asesino,
Y comienzo a cantar mi libertad.
Muerte musical, el lamento del Cielo.
El Universo domino,
Hago mías las delicias ardientes de la vida,
La alegría del poder ilimitado,
Furia eterna de destrucción celestial...
Lucifer, estás condenado, por aquello,
que hacías.
Te perseguiremos,
una vez más te perderemos,
El Infierno es un refugio más dulce
Que el abismo de tormentos,
En el que te precipitaremos.
No hay señor nuestro,
nada puede.
Dios está muerto
Dios está muerto
Dios está muerto

Mientras desgarraba los jirones
de este sueño mórbido,
Abandoné mi corazón,
Y en el océano silencioso de mi alma,
Las aguas estaban tan tranquilas
que se podía escuchar la agonía de la luz.