Indesinenter
Nosotros sabíamos
de un único señor
y veíamos cómo
se convertía
en perro.
Envilecido por el vientre,
por las caricias al vientre,
por el miedo,
se agacha bajo el látigo
con loco olvido
de la razón
que tiene.
Armado, comido
de plagas,
sin cesar lamía
la áspera mano
que lo ha mantenido
desde hace tanto tiempo
en el fango.
Le hubiera sido
fácil hacer
de su silencio un muro
impenetrable, altísimo:
eligió
la gran vergüenza mansa
de los ladridos.
Nunca hemos podido,
sin embargo, desesperar
del viejo vencido
y elevamos en la noche
un canto a gritos,
porque las palabras rebosan
de sentido.
El agua, la tierra,
el aire, el fuego
son suyos,
si se atreve de golpe
a ser quien es.
Tendrá que decir
basta de inmediato,
que ahora quiere
caminar de nuevo,
erguido, sin descanso,
por siempre más
hombre salvado en pueblo,
contra el viento.
Salvado en pueblo,
ya el amo de todo,
no perro mezquino,
sino el único señor.