Terra Árida
A expulsão de Israel da terra da promessa
por causa do pecado
é uma ilustração
da nossa própria expulsão
da comunhão com o Senhor,
se como crentes autênticos,
não praticarmos
o que é reto aos Seus olhos.
Não importa a beleza
dos cultos que Lhe prestamos,
a suntuosidade dos nossos templos,
a afinação dos louvores que entoamos,
se não prezamos e guardamos
os Seus mandamentos,
por um andar no Espírito Santo.
Israel havia desperdiçado
toda a disponibilidade da graça de Deus
que caía sobre eles
como a chuva que cai do céu,
e a igreja de Cristo deve se guardar
deste erro de tornar vã a graça
que lhe está sendo oferecida.
Um viver negligente
desperdiçará as graças
e os dons recebidos de Deus,
e é por isso que os apóstolos
exortam os crentes
à maior diligência possível.
Recomenda-se portanto
diligência na fé, no amor, na paciência.
Na metáfora bíblica
da chuva que rega a terra
há sobretudo uma referência
à mente e à consciência dos homens,
que sendo regada pela
palavra de Deus
deve gerar e sustentar
a lavoura do Senhor.
Os israelitas negligenciaram a fé,
o amor e a misericórdia,
e como poderiam dar
os frutos esperados por Deus?
De igual modo a igreja de Cristo
não deve negligenciar tais coisas,
para não incorrer
no mesmo erro deles.
A palavra de Deus e o derramar
do Espírito Santo
são comparados
à chuva que desce do céu
para amolecer e fertilizar
os corações dos homens.
O que se pode esperar
que seja feito por Deus
ao solo do coração
que recebendo
continuamente esta chuva,
nunca produz bons frutos?
Como pode então ser cogitada
a idéia de que um verdadeiro crente
não deve estar interessado
na sua santificação?
De que não faça
nenhum progresso espiritual
em sua caminhada cristã?
Poderia o Senhor,
o doador da chuva espiritual,
ficar indiferente a isto?
Seria agradável a Ele
ver os Seus talentos
e dons desperdiçados?
Que ninguém portanto
se abençoe no seu íntimo
e se dê por satisfeito,
caso não veja
evidências de crescimento
espiritual em sua vida.
Apesar de os crentes em Cristo
estarem firmes na sua graça,
da qual jamais poderão decair
de uma forma final,
no entanto, poderão viver,
por negligência,
como uma terra infrutífera,
que ainda que não seja
amaldiçoada e queimada eternamente,
tal como sucederá aos incrédulos,
contudo, estará sujeito
às dolorosas correções de Deus,
para que possa dar
os frutos esperados por Ele.
Tierra Árida
La expulsión de Israel de la tierra prometida
por causa del pecado
es una ilustración
de nuestra propia expulsión
de la comunión con el Señor,
si como creyentes auténticos,
no practicamos
lo que es recto a sus ojos.
No importa la belleza
de los cultos que le ofrecemos,
la suntuosidad de nuestros templos,
la afinación de los cánticos que entonamos,
si no valoramos y guardamos
sus mandamientos,
para caminar en el Espíritu Santo.
Israel había desperdiciado
toda la disponibilidad de la gracia de Dios
que caía sobre ellos
como la lluvia que cae del cielo,
y la iglesia de Cristo debe cuidarse
de este error de hacer vano el don
que se le ofrece.
Una vida negligente
desperdiciará las gracias
y los dones recibidos de Dios,
y es por eso que los apóstoles
exhortan a los creyentes
a la mayor diligencia posible.
Se recomienda entonces
diligencia en la fe, en el amor, en la paciencia.
En la metáfora bíblica
de la lluvia que riega la tierra
hay sobre todo una referencia
a la mente y la conciencia de los hombres,
que al ser regadas por la
palabra de Dios
debe generar y sostener
la cosecha del Señor.
Los israelitas descuidaron la fe,
el amor y la misericordia,
y ¿cómo podrían dar
los frutos esperados por Dios?
De igual modo la iglesia de Cristo
no debe descuidar tales cosas,
para no caer
en el mismo error que ellos.
La palabra de Dios y el derramar
del Espíritu Santo
se comparan
a la lluvia que desciende del cielo
para ablandar y fertilizar
los corazones de los hombres.
¿Qué se puede esperar
que haga Dios
al suelo del corazón
que recibiendo
continuamente esta lluvia,
nunca produce buenos frutos?
Entonces, ¿cómo se puede considerar
la idea de que un verdadero creyente
no debe estar interesado
en su santificación?
¿Que no haga
ningún progreso espiritual
en su caminar cristiano?
¿Podría el Señor,
el dador de la lluvia espiritual,
quedarse indiferente a esto?
¿Sería agradable para Él
ver sus talentos
y dones desperdiciados?
Que nadie entonces
se felicite en su interior
y se dé por satisfecho,
si no ve
evidencias de crecimiento
espiritual en su vida.
A pesar de que los creyentes en Cristo
estén firmes en su gracia,
de la cual jamás podrán caer
de forma final,
sin embargo, podrán vivir,
por negligencia,
como una tierra infértil,
que aunque no sea
maldecida y quemada eternamente,
tal como sucederá a los incrédulos,
no obstante, estará sujeta
a las dolorosas correcciones de Dios,
para que pueda dar
los frutos esperados por Él.