Az Átok
Testem kiégett, ódon katedrális.
A kín szunnyad mélyén csupán.
Letépett jel az angyal szárny is,
A vének könnye hull vérzõ nyomán.
Mélysötétbõl tör fel az árnyék,
Homály mélybõl felsíró lét.
Az arcokon jegy,
Káin bélyeg,
Sötéten izzó, vérszagú átok.
A csontokon jel,
Istentelen,
Megváltót gyászoló évszázadok.
A könyörgés nem értem szól,
csak áldozat a húsomból.
A kereszt már csak (én)reám vár,
õsmagány a síroknál.
Anyáink könnye hull szurok lékbõl.
Meggyötört testük új testet ád.
Lelkünk kitaszítatott kegyelmébõl,
Apánk belénk oltotta a halál magvát.
Vérünk önemésztõ, pusztító nász,
Utódaink hite elkárhozás.
Az arcokon jegy,
Káin bélyeg,
Sötéten izzó, vérszagú átok.
A csontokon jel,
Istentelen,
Megváltót gyászoló évszázadok.
La Maldición
Mi cuerpo está quemado, una antigua catedral.
El dolor yace dormido en lo más profundo.
Incluso las alas de los ángeles están desgarradas,
Las lágrimas de los ancianos caen en rastros de sangre.
Desde la oscuridad profunda emerge la sombra,
La existencia que llora desde lo más oscuro.
En los rostros hay marcas,
La marca de Caín,
Una maldición ardiente y apestosa a sangre.
En los huesos hay señales,
Impías,
Siglos de duelo por el Salvador.
Las súplicas no son para mí,
Solo sacrificio de mi carne.
La cruz solo espera por mí,
Soledad primordial en las tumbas.
Las lágrimas de nuestras madres caen en charcos de alquitrán.
Sus cuerpos torturados dan vida a un nuevo cuerpo.
Fuera de la gracia de nuestras almas,
Nuestro padre sembró en nosotros la semilla de la muerte.
Nuestra sangre es un festín autoconsumido y destructivo,
La fe de nuestros descendientes condenada.
En los rostros hay marcas,
La marca de Caín,
Una maldición ardiente y apestosa a sangre.
En los huesos hay señales,
Impías,
Siglos de duelo por el Salvador.