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Canto a los Abuelos

Apparicio Silva Rillo

Canto aos Avós

Os avós eram de carne e osso.
Tomavam mate, comiam carne com farinha,
campereavam.
Sopravam a chama dos lampiões, dormiam cedo.

Os avós tinham braços e pernas e cabeça
(olhai os seus retratos nas molduras).
Laçavam de todo o laço, amanuseavam potros,
fumavam grossos palheiros de bom fumo
e amavam seus cavalos que rompiam ventos
e bandeavam arroios como um barco ágil.

Usavam lenços sob a barba espessa
e o barbicacho lhes prendia ao queixo
sombreiros negros para a chuva e sóis.
Palas de seda para as soalheiras,
ponchos de lá quando a invernia vinha.

Tinham impérios de flechilha e trevo
e famílias de bois no seu império.
E eram marcas de fogo os seus brasões.

Charlavam de potreadas e mulheres,
de episódios de adaga contra adaga,
do tempo, das doenças, das mercâncias
de gado gordo para os saladeiros.

Tinham homens a seu mando, os avós.
No quartel rude dos galpões campeiros
- enseivados de mate e carne gorda -
os empíricos soldados madrugavam
na luz das labaredas de espinilho
que era sempre o primeiro sol de cada dia.

Honravam os avós a cor dos lenços:
- a seda branca dos republicanos,
o colorado dos federalistas.
E morriam por eles, se preciso,
- coronéis de milícias bombachudas
acordando tambores nos varzedos
no bate casco das cavalarias.

Nas largas camas de cambraias alvas
vestindo o corpo da mulher mocita,
juntavam carnes no silêncio escuro
pautado por suspiros que morriam
no contraponto musical dos grilos...

Os avós eram de carne e osso.
Tinham braços e pernas e cabeça,
artérias, nervos, coração e alma.

Humanos como nós, os velhos tauras,
mas de bronze e de ferro nos parecem
esses campeiros que fizeram história.
Estátuas vivas de perenidade
nos pedestais do tempo e da memória.

Canto a los Abuelos

Los abuelos eran de carne y hueso.
Tomaban mate, comían carne con harina,
campereaban.
Soplaban la llama de los faroles, se dormían temprano.

Los abuelos tenían brazos y piernas y cabeza
(miren sus retratos en los marcos).
Lazaban de todo lazo, domaban potros,
fumaban gruesos cigarros de buen tabaco
y amaban a sus caballos que rompían vientos
y surcaban arroyos como un barco ágil.

Usaban pañuelos bajo la espesa barba
y el barbicacho les sujetaba al mentón
sombreros negros para la lluvia y el sol.
Capas de seda para las soleadas,
ponchos de lana cuando llegaba el invierno.

Tenían imperios de flecha y trébol
y familias de ganado en su imperio.
Y eran marcas de fuego sus blasones.

Charlaban de potrancas y mujeres,
de episodios de daga contra daga,
del tiempo, de las enfermedades, de las mercancías
de ganado gordo para los saladeros.

Tenían hombres a su mando, los abuelos.
En el rudo cuartel de los galpones campestres
- abastecidos de mate y carne gorda -
los empíricos soldados madrugaban
en la luz de las llamas de espinillo
que siempre era el primer sol de cada día.

Honraban los abuelos el color de los pañuelos:
- la seda blanca de los republicanos,
el colorado de los federalistas.
Y morían por ellos, si era necesario,
- coroneles de milicias bombachudas
despertando tambores en los potreros
en el golpear de los cascos de las cabalgaduras.

En las amplias camas de sábanas blancas
vistiendo el cuerpo de la mujer joven,
juntaban carnes en el silencio oscuro
pautado por suspiros que morían
en el contrapunto musical de los grillos...

Los abuelos eran de carne y hueso.
Tenían brazos y piernas y cabeza,
arterias, nervios, corazón y alma.

Humanos como nosotros, los viejos toros,
pero de bronce y de hierro nos parecen
esos campesinos que hicieron historia.
Estatuas vivas de perennidad
en los pedestales del tiempo y la memoria.

Escrita por: Apparicio Silva Rillo