Alleinflug
Ich kann mich noch an jenem Vormittag seh'n,
In der Frühsommersonne am Hangartor steh'n,
Nach dem Hochdecker schielen, der mir gut bekannt,
In der Brise leis' knarrend am Vorfeldrand stand.
Und dann höre ich sagen, es sei wohl soweit,
Und ich rein in die Kiste, verlier' keine Zeit,
Auf dem Rollweg durch's Gras, das sich im Luftstrom wiegt,
In die Bahn, die in flimmerndem Licht vor mir liegt.
Der Wind in den Streben,
Ein Rütteln, ein Beben,
Dann endlich abheben,
Mit einem Mal schweben,
Ein Blick auf die Spielzeugwelt unten voraus,
Über mir nur die Tiefe des endlosen Blaus,
Und eindreh'n und neigen, ausrollen und steigen,
In rauschendem Reigen, in sprachlosem Schweigen,
Sich winzig zu wissen und zugleich so groß,
Erhaben und glücklich und schwerelos,
Einen Gedanken lang, einen Augenblick bloß.
Ich kam mir beim Abstellen vorm Hangartor
Wie Lindbergh nach seinem Atlantikflug vor.
Ich kam seitdem von mancher Reise nach Haus,
Aber so stolz wie damals stieg ich nie wieder aus.
Ich kenn' Himmelhunde zu Haus in der Luft,
Sowas von abgebrüht, sowas von ausgebufft,
Aber keinen, selbst wenn er die Umlaufbahn fliegt,
Der zurückdenkt und nicht doch glänzende Augen kriegt.
Seit dem Tag habe ich wohl manche Ölspur gelegt,
Ist mir manch' kalte Bö um die Nase gefegt,
Hab' ich grimmig manche Wetterkarte zerpflückt,
Mich in muffigen Flugplatzcafés rumgedrückt.
Und doch muß ich nach jedem Kondensstreifen seh'n,
Mich nach allen Motorengeräuschen umdreh'n,
Und bei jedem Start kribbelt es doch ganz egal
Zum wievielten Mal, noch wie beim ersten Mal.
Vuelo en solitario
Todavía puedo ver aquella mañana,
En el sol de principios de verano junto a la puerta del hangar,
Mirando furtivamente al avión de ala alta que me resultaba familiar,
Crujiendo suavemente en el borde del campo con la brisa.
Y luego escucho decir que era el momento,
Y entro rápidamente en la cabina, sin perder tiempo,
Rodando por el césped que se mece en la corriente de aire,
Hacia la pista que se extiende ante mí en una luz brillante.
El viento en los soportes,
Un temblor, una vibración,
Finalmente despegar,
De repente flotar,
Una mirada a la pequeña mundo de juguete abajo a lo lejos,
Sobre mí solo la profundidad del azul interminable,
Y girar y inclinarse, rodar y ascender,
En un torbellino rugiente, en un silencio sin palabras,
Sintiéndome diminuto y al mismo tiempo tan grande,
Elevado y feliz y sin peso,
Por un breve pensamiento, por un instante solamente.
Al estacionar frente a la puerta del hangar,
Me sentí como Lindbergh después de su vuelo sobre el Atlántico.
Desde entonces he regresado de muchos viajes a casa,
Pero nunca me sentí tan orgulloso como en aquel entonces al bajar.
Conozco a los perros del cielo en casa en el aire,
Tan curtidos, tan astutos,
Pero ninguno, incluso si orbita la Tierra,
Que no recuerde y aún así se le iluminen los ojos.
Desde aquel día, he dejado muchos rastros de aceite,
He sentido muchas ráfagas frías en la nariz,
He desmenuzado con enojo muchos mapas meteorológicos,
He merodeado en cafeterías de aeródromos malolientes.
Y sin embargo, debo mirar cada estela de condensación,
Girar la cabeza ante cada sonido de motor,
Y en cada despegue, siento un hormigueo, no importa
Cuántas veces haya sido, como si fuera la primera vez.