Die Unstillbare Gier
VON KROLOCK:
Endlich Nacht. Kein Stern zu sehn.
Der Mond versteckt sich,
denn ihm graut vor mir.
Kein Licht im Weltenmeer.
Kein falscher Hoffnungsstrahl.
Nur die Stille. Und in mir
Die Schattenbilder meiner Qual.
Das Korn war golden und der Himmel klar.
Sechzehnhundertsiebzehn,
als es Sommer war.
Wir lagen im flüsternden Gras.
Ihre Hand auf meiner Haut
War zärtlich und warm.
Sie ahnte nicht, dass ich verloren bin.
Ich glaubte ja noch selbst daran,
dass ich gewinn.
Doch an diesem Tag geschah's zum erstenmal.
Sie starb in meinem Arm.
Wie immer wenn ich nach
Dem Leben griff,
blieb nichts in meiner Hand.
Ich möchte Flamme sein
und Asche werden
und hab noch nie gebrannt.
Ich will hoch und höher steigen,
und sinke immer tiefer ins Nichts.
Ich will ein Engel
oder ein Teufel sein,
und bin doch nichts als
eine Kreatur,
die immer dass will,
was sie nicht kriegt.
Gäb's nur einen Augenblick
Des Glücks für mich,
nähm ich ew'ges Leid in Kauf.
Doch alle Hoffnung ist vergebens,
denn der Hunger hört nie auf.
Eines Tages, wenn die Erde stirbt,
und der letzte Mensch mit ihr,
Dann bleibt nichts zurück
Als die öde Wüste
Einer unstillbaren Gier.
Zurück bleibt nur
Die große Leere.
Eine unstillbare Gier.
Des Pastors Tochter ließ mich ein bei Nacht,
siebzehnhundertdreißig
nach der Maiandacht.
mit ihrem Herzblut schrieb ich ein Gedicht
auf ihre weiße Haut.
Und des Kaisers Page aus Napoleons Tross...
Achtzehnhundertdreizehn
Stand er vor dem Schloss.
Dass seine Trauer mir das Herz nicht brach
Kann ich mir nicht hat verzeihn.
Doch immer, wenn ich
nach dem Leben greif,
spür ich, wie es zerbricht.
Ich will die Welt verstehen
und alles wissen,
und kenn mich selber nicht.
Ich will frei und Freier werden,
und werde meine Ketten nicht los.
Ich will ein Heiliger
La insaciable codicia
VON KROLOCK:
Finalmente noche. No hay estrellas que ver.
La luna se esconde,
pues le teme a mí.
No hay luz en el mar de los mundos.
Ningún rayo de falsa esperanza.
Solo el silencio. Y en mí
Las sombras de mi tormento.
El trigo era dorado y el cielo claro.
Mil seiscientos diecisiete,
cuando era verano.
Estábamos acostados en la hierba susurrante.
Su mano en mi piel
Era tierna y cálida.
Ella no sospechaba que estaba perdido.
Yo aún creía en ello,
que ganaría.
Pero en ese día sucedió por primera vez.
Ella murió en mis brazos.
Siempre que intento alcanzar
la vida,
nada queda en mi mano.
Quisiera ser llama
y convertirme en cenizas
y nunca he ardido.
Quiero elevarme más y más alto,
y caigo cada vez más profundo en la nada.
Quiero ser un ángel
o un demonio,
y no soy más que
una criatura
que siempre quiere
lo que no puede tener.
Si hubiera un solo momento
de felicidad para mí,
tomaría un sufrimiento eterno.
Pero toda esperanza es en vano,
pues el hambre nunca cesa.
Un día, cuando la Tierra muera,
y el último humano con ella,
Entonces no quedará nada
solo el desierto yermo
de una codicia insaciable.
Solo queda
el gran vacío.
Una codicia insaciable.
La hija del pastor me acogió una noche,
mil setecientos treinta
después del rosario de mayo.
Con su sangre escribí un poema
en su piel blanca.
Y el paje del emperador del séquito de Napoleón...
Mil ochocientos trece
Estaba frente al castillo.
Que su dolor no rompiera mi corazón
no puedo perdonármelo.
Pero siempre, cuando
busco la vida,
siento cómo se quiebra.
Quiero entender el mundo
y saberlo todo,
y no me conozco a mí mismo.
Quiero ser libre y más libre,
y no logro soltarme de mis cadenas.
Quiero ser un santo