João Palhaço
Já fazia quinze dia que o Pavilhão Maravia trabaiava no cerrado.
O povo com ansiedade, pra vê tanta novidade atopetava o tabuado.
vinha gente dos pinheiro, da fazenda, dos barreiro, lá do alto do grotão.
O circo pobre, pequeno chamava tanta atenção.
No trapézio tinha um moço, rodava que nem pião.
Tinha um mico corriqueiro dava dez sarto no chão.
Tinha uma moça bonita chamava Chiquita e cantava com o violão.
Era tanta novidade que o povo com laridade com as parma tampava o espaço.
Só despois se esvaziava com o gargaiá que encantava do popular João Paiaço.
João Paiaço era levado, feioso, desengonçado, espirituoso nas piada.
Caía no chão, dava cambaiota. Era o enlevo das veiota, das moça e das criançada.
Tava sempre sorridente, mostrando os toco de dente naquela boca chupada.
Seus cabelo, quase branco. A gente enxergava os tranco da sua idade avançada.
Trabaiava com Chiquita, a moreninha bonita, a sua esperança da vida.
o que ele mais adorava, e todo esforço empregava por sua fia querida.
o dono da companhia, o véio seu Zecaria, era louco por Chiquita.
Por isso vivia amando, pra moça se declarando só com palavras bonita.
João Paiaço, traquejado, caboclo muito viajado, começou a compreendê.
Chamou sua fia querida: - vamo deixá essa vida. E deu toda explicação.
Chiquita dando risada:- Meu pai num acontece nada pro seu Zecaria não dou atenção.
João Paiaço coitado se condenava o curpado do vício da mocinha.
Quantas veis ele chorava quando a sua cara pintava no canto da barraquinha.
Era Sábado de Aleluia, noite de muita buia. O circo tava lotado.
Os grito de todo lado, que nem berreiro de gado, aperfurava o espaço.
De toda boca se ouvia numa só voz que repetia:- Que venha logo o João Paiaço.
Na barraca de Chiquita arguma coisa esquisita acabava de acontecé.
O danado Zecaria, criminoso e sangue fria e picado de paixão,
estrangulou sua amada com a fúria desesperada das onça lá do sertão.
O povo tava inconsciente, já reclamando impaciente o principiá da função.
A música toca um dobrado que nem dobre de finado tão triste de se escuitá.
Nisto entra o João Paiaço trazendo a fia nos braço cabando de suspirá.
E dentro do picadeiro oiando pro circo inteiro de cabeça levantada.
Deu dois passo na frente e como um pobre demente deu terrive gargaiada (gargalhada)
Ri, platéia, ri, Faça agora como eu faço. Ri, platéia, ri, da desgraça dum paiaço.
Foi sortando o corpo fria de sua querida fia na dura terra do chão.
E se rindo que nem louco foi cravando, pouco a pouco, uma faca no coração.
Caiu junto de Chiquita, beijando as face bonita, e despois se estremeceu.
Foi desgraçada sua sorte. Mas foi se rindo da morte que João Paiaço morreu.
Juan Payaso
Hacía quince días que el Pabellón Maravia trabajaba en el cerrado.
La gente con ansiedad, para ver tanta novedad, llenaba el tablado.
Venía gente de los pinos, de la hacienda, de los barreros, desde lo alto del barranco.
El circo pobre, pequeño, llamaba tanta atención.
En el trapecio había un chico, giraba como un trompo.
Había un mono travieso que daba diez saltos en el suelo.
Había una chica bonita llamada Chiquita que cantaba con la guitarra.
Era tanta novedad que la gente con algarabía tapaba el espacio.
Solo después se vaciaba con el gargajo que encantaba del popular Juan Payaso.
Juan Payaso era llevado, feo, desgarbado, espirituoso en sus chistes.
Caía al suelo, daba volteretas. Era la delicia de las viejitas, de las chicas y de los niños.
Siempre estaba sonriente, mostrando los dientes en esa boca chupada.
Su cabello, casi blanco. La gente veía los estragos de su avanzada edad.
Trabajaba con Chiquita, la morenita bonita, su esperanza de vida.
Lo que más adoraba, y todo esfuerzo empleaba por su hija querida.
El dueño de la compañía, el viejo don Zecaria, estaba loco por Chiquita.
Por eso vivía amando, para la chica declarando solo con palabras bonitas.
Juan Payaso, experimentado, hombre muy viajado, comenzó a comprender.
Llamó a su hija querida: -vamos a dejar esta vida. Y dio toda explicación.
Chiquita riendo: -Mi padre, no pasa nada, a tu Zecaria no le doy atención.
Juan Payaso, desdichado, se condenaba el culpado del vicio de la mocita.
Cuántas veces lloraba cuando su cara pintaba en la esquina de la carpa.
Era Sábado de Gloria, noche de mucha oscuridad. El circo estaba lleno.
Los gritos de todos lados, como el bramido del ganado, perforaban el espacio.
De todas las bocas se oía en una sola voz que repetía: -Que venga pronto Juan Payaso.
En la carpa de Chiquita algo extraño acababa de suceder.
El maldito Zecaria, criminal y sin corazón, picado de pasión,
estranguló a su amada con la furia desesperada de las onzas del sertón.
La gente estaba inconsciente, ya reclamando impaciente el comienzo de la función.
La música tocaba un doble que parecía de difunto, tan triste de escuchar.
Entra Juan Payaso trayendo a su hija en brazos, acabando de suspirar.
Y dentro del picadero, mirando a todo el circo con la cabeza en alto.
Dio dos pasos adelante y como un pobre demente soltó una terrible carcajada.
Ríe, público, ríe, haz ahora como yo hago. Ríe, público, ríe, de la desgracia de un payaso.
Fue soltando el cuerpo frío de su querida hija en la dura tierra del suelo.
Y riendo como un loco, fue clavando, poco a poco, un cuchillo en el corazón.
Cayó junto a Chiquita, besando su hermoso rostro, y luego se estremeció.
Fue desdichada su suerte. Pero se rió de la muerte, Juan Payaso murió.