Immobile
Embrasé, enlisé parmi les décombres d'absurdes vérités
Dieu... immobile...
Non plus mû comme auparavant par le souffle même de la vie
Mais gisant là, immobile...
A son image, l'Homme soudain s'essouffle, s'étourdit puis s'effondre
Si seul parmi les siens, si seul en lui-même
Haletant et hoquetant, dos plaqué contre la dureté du sol
Et pénétré par la froideur de la terre gelée
Violemment aveuglé par l'absence de toute lumière,
Alors aspirée à travers le sol dérobé,
L'homme s'enlise un peu plus à chaque seconde dans la boue glacée par l'hiver
Ses yeux rivés vers le ciel figé
L'ombre raide de Dieu s'étendait à perte de vue,
Immobile telle la mort...
Dès lors, plus rien n'était
Ni âme, ni cieux, ni éternité, ni Dieu
Dieu gisait mort, éteint, rien
Rien...
Juste une humanité décapitée
Amputée de son âme et de sa vie
N'ayant plus que ses propres mains pour s'extraire
De son tombeau de fange glacée
Mais ce râle qui sortait alors de ces milles gosiers écarquillés
N'était point un rugissement mais un ridicule blatèrement
En manque de chargement à porter
Nostalgiques de leur désert arraché.
Immobile telle la mort...
La mort de Dieu
Inmóvil
Embrujado, atrapado entre los escombros de verdades absurdas
Dios... inmóvil...
Ya no impulsado como antes por el mismo aliento de la vida
Sino yaciendo allí, inmóvil...
A su imagen, el Hombre de repente se queda sin aliento, se aturde y luego se derrumba
Tan solo entre los suyos, tan solo consigo mismo
Jadeando y sollozando, espalda pegada a la dureza del suelo
Y penetrado por el frío de la tierra congelada
Cegado violentamente por la ausencia de toda luz,
Aspirado a través del suelo desaparecido,
El hombre se hunde un poco más cada segundo en el barro helado por el invierno
Sus ojos clavados en el cielo inmóvil
La sombra rígida de Dios se extendía hasta donde alcanzaba la vista,
Inmóvil como la muerte...
Desde entonces, ya no había nada
Ni alma, ni cielos, ni eternidad, ni Dios
Dios yacía muerto, apagado, nada
Nada...
Solo una humanidad decapitada
Amputada de su alma y de su vida
Sin más que sus propias manos para liberarse
De su tumba de fango congelado
Pero este gemido que salía entonces de esas mil gargantas abiertas
No era un rugido sino un ridículo balbuceo
Anhelando cargar con algo
Nostálgicas de su desierto arrebatado.
Inmóvil como la muerte...
La muerte de Dios
Escrita por: Vladimir Cochet