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A Vida Que Nasce da Morte
O Evangelho da Cruz
A Vida Que Nasce da Morte
“Mas o que, para mim, era lucro,
isto considerei perda
por causa de Cristo.
Sim, deveras considero
tudo como perda,
por causa da sublimidade
do conhecimento de Cristo Jesus,
meu Senhor; por amor do qual
perdi todas as coisas
e as considero como refugo,
para ganhar a Cristo
e ser achado nele,
não tendo justiça própria,
que procede de lei,
senão a que é
mediante a fé em Cristo,
a justiça que procede de Deus,
baseada na fé;
para o conhecer,
e o poder da sua ressurreição,
e a comunhão dos seus sofrimentos,
conformando-me com ele
na sua morte;” (Fil 3.7-10)
A chave da verdadeira vida,
da saúde, da alegria e da paz
não é somente viver
na graça de Cristo
pela total confiança nEle,
mas provar esse viver
pela fé e não pela justiça própria,
e estando morto
para o ego e para o mundo,
pela identificação
com a morte do Senhor.
Não basta portanto, afirmarmos
que não vivemos por justiça própria,
mas vivermos efetivamente
na justiça do Senhor,
a qual se torna eficaz,
quando andamos no Espírito,
mortificando pelo mesmo Espírito
as obras da carne.
Sabendo que é a justiça de Cristo,
e não a nossa,
a causa de sermos salvos e sarados
de todas as nossas enfermidades,
quer do corpo, da alma e do espírito.
Quando se afirma a salvação por obras,
se nega a justiça de Cristo.
Negamos a fé.
Negamos o poder
da morte e ressurreição de Jesus.
Anulamos os méritos de Cristo
na nossa salvação.
Desonramos ao Senhor
por considerarmos que Ele não seja
plenamente poderoso
para garantir a nossa salvação,
e o pior de tudo:
julgamos possuir uma justiça própria
que satisfaz a Deus
e que os torna agradáveis a Ele.
Deixamos de reconhecer
o quanto somos pecadores
e necessitados
da misericórdia e graça de Deus.
Guardemo-nos portanto
deste horrível orgulho espiritual
que ofende a Cristo
e a justiça divina.
O apóstolo Paulo
estava plenamente convicto
de que não é possível sermos achados
sendo participantes da vida de Cristo
a não ser mediante a fé nEle,
e pela justiça que procede de Deus
e que é baseada somente na fé
conforme se revela no Evangelho.
Paulo também sabia que se conhece a Cristo,
e o poder da Sua ressurreição
e a comunhão dos Seus sofrimentos,
somente quando estamos
conformados com Ele na Sua morte.
Ou seja, sabendo que aquela morte de cruz
foi também a nossa própria morte,
para que vivêssemos em novidade de vida
no Espírito, para Deus.
E sabemos que esta morte
que nos faz alcançar a justificação
que é sempre e somente pela fé,
se torna eficaz quando mortificamos
diária e realmente
o nosso velho homem,
pelo poder do Espírito Santo,
negando-nos a nós mesmos
e carregando a nossa cruz.
Então é fazendo morrer o velho homem
que se acha a verdadeira vida de Cristo
que se manifesta na nova criatura
criada em justiça segundo Deus.
La Vida que Surge de la Muerte
Pero todo lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida por causa de Cristo. Sí, verdaderamente considero todo como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por amor al cual he perdido todas las cosas y las considero como basura, para ganar a Cristo y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia que viene de la ley, sino la que es por medio de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios basada en la fe; para conocerlo, y el poder de su resurrección, y la comunión de sus padecimientos, conformándome a Él en su muerte; (Fil 3.7-10)
La clave de la verdadera vida, de la salud, la alegría y la paz, no es solo vivir en la gracia de Cristo por la total confianza en Él, sino experimentar esa vida por la fe y no por la justicia propia, y estar muerto para el ego y para el mundo, identificándonos con la muerte del Señor.
Por lo tanto, no es suficiente afirmar que no vivimos por nuestra propia justicia, sino vivir efectivamente en la justicia del Señor, la cual se vuelve eficaz cuando caminamos en el Espíritu, mortificando por el mismo Espíritu las obras de la carne.
Sabiendo que es la justicia de Cristo, y no la nuestra, la causa de ser salvados y sanados de todas nuestras enfermedades, ya sea del cuerpo, del alma o del espíritu.
Cuando se afirma la salvación por obras, se niega la justicia de Cristo. Negamos la fe. Negamos el poder de la muerte y resurrección de Jesús.
Anulamos los méritos de Cristo en nuestra salvación.
Desonramos al Señor al considerar que Él no es plenamente poderoso para garantizar nuestra salvación, y lo peor de todo: juzgamos que poseemos una justicia propia que satisface a Dios y nos hace agradables a Él.
Dejamos de reconocer cuán pecadores somos y cuánto necesitamos la misericordia y gracia de Dios.
Guardémonos, por lo tanto, de este horrible orgullo espiritual que ofende a Cristo y a la justicia divina.
El apóstol Pablo estaba plenamente convencido de que no es posible ser hallados como participantes de la vida de Cristo sino mediante la fe en Él, y por la justicia que viene de Dios y que se basa únicamente en la fe, como se revela en el Evangelio.
Pablo también sabía que se conoce a Cristo, y el poder de Su resurrección y la comunión de Sus padecimientos, solo cuando estamos conformados con Él en Su muerte.
Es decir, sabiendo que esa muerte en la cruz también fue nuestra propia muerte, para que vivamos en novedad de vida en el Espíritu, para Dios.
Y sabemos que esta muerte que nos lleva a la justificación, que es siempre y solo por la fe, se vuelve efectiva cuando mortificamos diaria y realmente a nuestro viejo hombre, por el poder del Espíritu Santo, negándonos a nosotros mismos y cargando nuestra cruz.
Entonces, es al hacer morir al viejo hombre que encontramos la verdadera vida de Cristo que se manifiesta en la nueva criatura creada en justicia según Dios.



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