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Der Ankündigungskünstler

Heinz Rudolf Kunze

Letra

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Der Ankündigungskünstler

Mordechai Kaiser war ein Ankündigungskünstler,
davon ließ sich leben.
Im Fernsehen pries er russische Pubertätspianisten,
einbeinige äthiopische Kinder nach der Amputation ohne Betäubung,
hohlwangige Exnationalmannschaftsmittelstürmer, die stotternd
gestanden, wie fett sie früher waren und wieviel sie neuerdings
nicht mehr soffen, aufgeräumte Kabinettsmitglieder
beim Blindekuhspielen mit Mauerschützen und abgetakelte
Paukerfilmschlampen für ihre Tierschutzmonologe
in Schlangenlederstiefeln. SUPER, kreischte Mordechai, SUPER,
und die Bildschirme beulten sich bundesweit aus den Geräten
wie Parkinsonsche Augäpfel, Beifallsgischt schäumte
auf Mordechais Geheiß durch die leergefegten Straßen,
als schlügen die gepeitschten Wellen von Nord- und Ostsee
über Schleswig-Holstein zusammen.
Als Zubrot ertönte Mordechais Stimme in Supermärkten
zugunsten zweifelhafter Nagellacke.
Doch Mordechai war nicht glücklich mit dem,
wofür die Menschen ihn liebten.
Eigene Werke anzukündigen, Werke, die niemals zustandekamen,
danach gelüstete es ihn.
Alle Kinovorschauen, alle Fernsehzeitschriften,
Buchprospekte, Theaterprogramme, alle Litfaßsäulen
und Funkwerbespots, alle Postwurfsendungen und
Sportflugzeugspruchbänder sollten künden von Mordechais Opus Magnum,
von dem er bislang nur Umrisse wußte, schemenhaft scheue,
die sich wieder und wieder im Nebel verduckten,
sich eindrücken ließen, fragil wie sie waren,
von den tauben, tiefhängenden Wolken dieses teilnahmslosen,
ja mißbilligenden Himmels über unserem Land.
Nein, mehr als einen Arbeitstitel,
einen zutiefst fragwürdigen zumal,
hatte Mordechai Kaiser nach nunmehr fünfzehn Jahren des Grübelns
noch nicht vorzuweisen.
Es hatte mit dem riesigen, goldgelben Hund zu tun,
den Mordechai begraben hatte, ein stolzes, freundliches Tier,
das für sein Leben gern Verfaulendes fraß und davon
wuchs und wuchs, das sie vergiftet hatten,
angelockt, getätschelt und vergiftet, eh es sie
verschlingen konnte, all die Schleimwettpisser,
Taumeltrickbetrüger und Kuhaugenausstecher
in Mordechais Adreßbuch.
Nur Mordechai wußte, wo der Hund begraben lag.
Er erzählte es allen, die Wein mit ihm tranken,
aber keiner konnte es behalten.

El artista de las anunciaciones

Mordechai Kaiser era un artista de las anunciaciones,
donde se ganaba la vida.
En la televisión elogiaba a pianistas rusos en la pubertad,
niños etíopes de un solo pie después de la amputación sin anestesia,
delanteros de la ex selección nacional con mejillas hundidas que tartamudeaban
al admitir lo gordos que solían ser y cuánto habían dejado de beber últimamente,
miembros del gabinete ordenados jugando a las escondidas con tiradores de muro
y actrices de películas de percusión desgastadas por sus monólogos de protección animal
en botas de piel de serpiente. ¡GENIAL!, gritaba Mordechai, ¡GENIAL!,
y las pantallas se abultaban por todo el país
como globos oculares de Parkinson, la ovación
espumaba a pedido de Mordechai por las calles desiertas,
como si las olas azotadas del Mar del Norte y del Báltico
se unieran sobre Schleswig-Holstein.
Como extra, la voz de Mordechai resonaba en los supermercados
a favor de esmaltes de uñas dudosos.
Pero Mordechai no estaba contento con lo que
la gente amaba de él.
Anunciar sus propias obras, obras que nunca se materializaban,
eso era lo que anhelaba.
Todos los avances de cine, todas las revistas de televisión,
folletos de libros, programas de teatro, todos los carteles publicitarios
y anuncios de radio, todos los envíos postales y
banderines de aviones deportivos debían anunciar la obra maestra de Mordechai,
de la cual solo conocía contornos hasta ahora, esquivos y tímidos,
que se escondían una y otra vez en la niebla,
se dejaban marcar, frágiles como eran,
por las nubes sordas y colgantes de este cielo indiferente,
sí, desaprobador sobre nuestra tierra.
No, más que un título de trabajo,
uno profundamente cuestionable además,
Mordechai Kaiser no tenía nada que mostrar después de quince años de reflexión.
Tenía que ver con el enorme perro dorado,
que Mordechai había enterrado, un orgulloso y amigable animal,
que disfrutaba comiendo cosas podridas y crecía y crecía de ello,
que habían envenenado,
atraído, acariciado y envenenado, antes de que pudiera
devorarlos, a todos los meones de competencia, los estafadores tambaleantes
y los sacadores de ojos de vaca en la libreta de direcciones de Mordechai.
Solo Mordechai sabía dónde estaba enterrado el perro.
Lo contaba a todos los que bebían vino con él,
pero ninguno podía recordarlo.


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