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Fragmentos Memoriais de um Anônimo

Moises Silveira de Menezes

Letra

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Fragmentos Memoriais de um Anônimo

Não, não me pintem por favor, pilchado,
bem montado em flor de flete;
pelas bailantas, fandangueando alpedo,
arrastando a asa pra morochas lindas.
Em fins de semana de carreira e festa
golpeando um trago, oreihando um truco.
E os "pés no chão" ? que revolvendo o pasto,
terçaram arado, saraqüá e manguá,
pra engordar as burras do senhor da terra.
Gaúchos buenos, guerreiros olvidados
pelos escribas das velhas almenaras
e, que passaram "lejo" das canções bonitas.

Não retratem, por respeito, minha prenda
em belos panos floreados
com fitas e flores no cabelo em tranças,
dançando valsas e chamamés dolentes,
em romanescos fandangos de campanha.
Por que não a campesina ? Audaz
parceira, de estrada e sonho,
mãe, amante, esposa, amiga.
Timbrada na intempérie do rancho espartano,
só, na ausência alternada dos guerreiros;
olhar esgarço, plantado no horizonte
na muda angústia de esperar notícias.

Também não cantem minha desdita
de exilado em vielas de vilas pobres,
pois, desde o princípio, fui apenas,
no ermo infindo dos fundões de campo,
figurante sem nome de uma história,
a qual nunca entendi o sentido
no ir e vir de quixote andariiho.
Lutei por trezentos anos, bem mais
e pouco juntei de meu, quase nada.
Gastei vida e potros nas guerrilhas,
pela causa obscura dos coronéis,
que renasceram em bronze nas praças avenidas.

Dizem que lutei por liberdade
mas da liberdade, essa potra arisca,
ficou só um conceito confuso, indefinido
entre a lonjura imensurável do horizonte,
a largura sem fim do campo aberto,
as patas peregrinas de meu flete
e o viver rude, andejo, de estradeiro.
Talvez tenha guerreado por guerrear,
para aplacar a nômade inquietude,
a sede louca de engolir distâncias,
herdadas por cedo a mouros ancestrais,
que patearam pátria no deserto.

Porém é cedo, alarguei fronteiras
redesenhando a geografia da querência.
Criei contornos e limites novos, riscados pelo aço
de lanças, patas, adagas, esporões e braços,
fazendo pátria, sem saber conceitos
povoando campos entre o Oceano e o Uruguai lendário,
entre a Vacaria dos Pinhais e a do Mar, ao sul,
escrevendo a meridional história americana,
trançando ferro com os irmãos do prata,
correndo a fogo o bandeirante intruso.
Fortaleza viva de centaura estampa,
caudal de estórias nos fogões de ronda.

Mas, ao herói sem prata, de anônima figura
de corpo gasto pelo rigor do tempo, esse algoz,
que iguala todos no mangueirão da vida,
não sobra bronze para estátua ou busto,
pois, a história, escrevem-na os vencedores,
com o sangue derramado dos ingênuos,
no couro esfarrapado dos vencidos.
Mas, o silêncio das campas, de inscrições ausentes,
mudas testemunhas na nudez dos campos,
me erguerá uma estátua de perenidade,
que ao gemido triste dos ventos pampeanos,
me fará eterno nos galpões de estância.

A voz do povo perpetuará meus feitos,
em meio as brasas de um foguito manso,
algum piá trabuzana me fará presente,
gineteando fietes de taquara e vento,
pelas campinas, assoviando à esmo.
Serei lembrado, no futuro, é certo,
na xucra melodia de uma oito-baixos,
costeando lindo um cantador solito;
no timbre austero dos recitadores,
no contraponto das trovas e payadas,
nos melífluos sons das guitarras andaluzas,
que apartaram aqui, para transmutar cantigas.

Fragmentos Memoriales de un Anónimo

No, no me pinten por favor, vestido de gaucho,
bien montado en un caballo de carga;
en las fiestas, bailando al azar,
arrastrando la capa para las hermosas morenas.
En los fines de semana de carrera y fiesta
tomando un trago, jugando al truco.
¿Y los 'pies en la tierra'? que arando el pasto,
manejaron el arado, la saraquita y el manguá,
para engordar las mulas del dueño de la tierra.
Gauchos buenos, guerreros olvidados
por los escribas de las viejas almenaras
que pasaron lejos de las bonitas canciones.

No retraten, por respeto, a mi prenda
en bellos paños floridos
con cintas y flores en el cabello trenzado,
bailando valses y chamamés melancólicos,
en románticos fandangos de campo.
¿Por qué no a la campesina? Audaz
compañera, de camino y sueño,
madre, amante, esposa, amiga.
Forjada en la intemperie del rancho espartano,
sola, en la ausencia alternada de los guerreros;
con la mirada fija, plantada en el horizonte
en la muda angustia de esperar noticias.

Tampoco canten mi desdicha
de exiliado en callejones de pueblos pobres,
pues, desde el principio, fui solo,
en la soledad infinita de los campos lejanos,
figurante sin nombre de una historia,
que nunca entendí el sentido
en el ir y venir del quijote andariego.
Luché por trescientos años, incluso más
y poco junté de lo mío, casi nada.
Gasté vida y potros en las guerrillas,
por la causa oscura de los coroneles,
que renacieron en bronce en las plazas avenidas.

Dicen que luché por la libertad
pero de la libertad, esa yegua arisca,
solo quedó un concepto confuso, indefinido
entre la lejanía inmensurable del horizonte,
la amplitud sin fin del campo abierto,
las patas errantes de mi caballo de carga
y la vida ruda, errante, de caminante.
Tal vez haya guerreado por guerrear,
para calmar la nómada inquietud,
la sed loca de devorar distancias,
heredadas tempranamente de ancestros moros,
que patearon la patria en el desierto.

Pero es temprano, amplié fronteras
redibujando la geografía de la querencia.
Creé contornos y límites nuevos, trazados por el acero
de lanzas, patas, dagas, espuelas y brazos,
haciendo patria, sin entender conceptos
poblado campos entre el Océano y el legendario Uruguay,
entre la Vacaria de los Pinares y la del Mar, al sur,
escribiendo la historia meridional americana,
entrelazando hierro con los hermanos del plata,
corriendo al fuego al bandeirante intruso.
Fortaleza viva de estampa centaura,
caudal de historias en los fogones de ronda.

Pero al héroe sin plata, de figura anónima
de cuerpo gastado por el rigor del tiempo, ese verdugo,
que iguala a todos en el corral de la vida,
no queda bronce para estatua o busto,
pues la historia la escriben los vencedores,
con la sangre derramada de los ingenuos,
en el cuero desgarrado de los vencidos.
Pero el silencio de las tumbas, sin inscripciones,
testigos mudos en la desnudez de los campos,
me levantará una estatua de eternidad,
que al gemido triste de los vientos pampeanos,
me hará eterno en los galpones de estancia.
La voz del pueblo perpetuará mis hazañas,
en medio de las brasas de un fueguito suave,
alguno de los chicos traviesos me hará presente,
cabalgando caballos de caña y viento,
por los campos, silbando al azar.
Seré recordado, en el futuro, es seguro,
en la rústica melodía de un acordeón,
acompañando a un cantor solitario;
en el tono austero de los recitadores,
en el contrapunto de las trovas y payadas,
en los dulces sonidos de las guitarras andaluzas,
que se apartaron aquí, para transformar canciones.


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