
Mil Novecientos Diecisiete
Patricio Manns
(A Lenin.)
A bordo del pasado yo atravesé la tierra,
los mares solitarios, la vastedad salvaje,
un crepúsculo en llamas, los glaciares perfectos,
la dentellada pura del vendaval marítimo,
hasta San Petersburgo, para encontrar a Lenin.
Aquí caminó alzando su expresivo vocablo,
rehizo muchas veces sus múltiples destierros,
palpó el severo musgo de las cadenas muertas
y construyó en su mesa las luces aurorales,
los fértiles racimos de octubre, fértilmente.
El orgulloso visionario,
el gran demiurgo del corazón soviético,
el hondo capitán llamado
a restaurar el orden de la vida,
paciente como una semilla
se propagó sobre el tiempo y la memoria,
se hizo alfabeto orgánico y rebelde,
acrisoló los hornos del deber.
Con él se despertó su pueblo
llenando de altos martillos la mañana.
El trueno rojo de los cantos
se alzó radiante entre ráfagas de nieve.
Y un mar de mástiles ardiendo
hizo estandarte el fuego que rugía,
hizo constante el peso de la aurora,
estableció las leyes del futuro.
Pueblo es la tierra, pueblo la semilla,
pueblo el agua, la siembra,
el viento y el molino;
pueblo es la letra, pueblo la ventana,
la cosecha, la espuela,
el canto y la palabra,
y suyos son los combates,
suyos los deberes
y el derecho incesante de alumbrar la tierra
con el incendio de sus cárceles.



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